“Corría grandes distancias en minutos. Su velocidad, lejana a la normal, la disfrutaba más que todo cuando aquel viento frío le refrescaba la cara. Así era feliz”La Tulevieja por José Pablo Román
Al caminar dejaba huellecillas de gallina que iban en dirección contraria a la que en realidad se encaminaba y siempre, atrás, un rastro de hormigas muertas. Pasaba matando, con sus dedos largos y nudosos, las hormigas que anidaban entre sus grandes y jugosos senos; y que salían para alimentarse de sus pezones chorreantes de leche. Aunque solía ser víctima de picaduras, ya no sentía siquiera molestia.
Gustaba de asustar a los caminantes calenturientos de La Sabana. A veces ofrecía sus enormes y bellos senos, para luego sacar aquellas zompopas que dejaban piquetes ardientes y dolorosos: “para que aprendan a respetar”, luego se reía a carcajadas con aquella boca sin dientes que dibujaba picarescas sonrisas, mientras recordaba las muecas de horror de los pobres y asustadizos hombres.
Sólo lo hacia por molestar.
Se paseaba las tardes soleadas, protegida por el sombrero de pico, hecho de tule, el cual le cubría parte del rostro. Apenas se notaban sus pequeños ojillos arrugados, su nariz larga y fina y aquellos labios ocultos en la boca. Su cuello arrugado se unía a una huesuda clavícula, luego sus senos y su sexo desnudos. Tenía las patas largas, flacas, terminadas en patas de pájaro, con la particularidad de que estaban inversas: “La vieja Inés con las patas al revés” recordaba de cuando era niño.
***
Pero no siempre fue así. Tan solo hace unos meses era un joven estudioso, entregado a hacer siempre lo que era correcto. Se encontraba sumido en la metódica necesidad de trabajar y estudiar, de no hacer más de lo necesario para complacer las supuestas expectativas de sus padres, que ahora, alejados por la obsesión de su hijo por el trabajo, le echaban de menos.
Así como de sus progenitores, había ahuyentado con su indiferencia, a las personas que habían querido ser parte de su vida: miembros de su familia, amigos y amantes. Ya nadie lo llamaba para salir, siquiera en su cumpleaños. Había apartado a todos, mas él, que tan solo se preocupaba por sus labores, no se había dado cuenta de ello.
A veces salía solo a ver una película, o al teatro o a la ópera, a museos o a caminar. Pero siempre, pensando en el trabajo, cargaba un libro del cual no separaba los ojos. Obviaba el mundo a su alrededor. No se detenía a oler las flores, ni a disfrutar del paisaje, siquiera a ver a la gente que le pasaba a la par.
Caminaba por el bulevar de San José, absorto en uno de sus libros, apenas sorteando los faros, basureros y mupis del camino. Escasamente esquivaba a las descuidadas personas quienes le rozaban con sus bolsos, o lo golpeaban levemente con sus cuerpos al querer pasar entre el trajín de un diciembre en la capital.
De pronto, las personas dejaron de pasarle al lado, y aunque no lo había notado, extrañadas miradas se posaban en él. Lo observaban como si algo estuviese mal, como si no pudieran terminar de entender como un joven de buen ver, de unos treinta y tres años, alto, blanco, delgado, de bonita cara, relativamente bien vestido, aunque no a la moda, les causaba, de repente, un miedo. Alguien, que a simple vista pasaría desapercibido, ahora les llamaba a todos la atención.
Un creciente murmullo llegó a sus oídos. Alzó los ojos y para su sorpresa, las personas, que ahora lo veían descaradamente, lo empezaban a evitar desde cada vez más lejos. Algunos, al verle, interrumpían abruptos su camino, buscando otra calle o decidiendo pasarle al lado pero guardando cierta distancia. Un nerviosismo crecía, le veían como si en él se encontrara un peligro eminente.
Se detuvo y giró la cabeza: había un círculo de personas rodeándole, mirándolo asustados. Algunos, menos valientes, apresuraron el paso, alejándose de la escena lo antes posible. El corazón se le aceleró: se sentía acusado, temido, desnudado por decenas de ojos extraños que se abrían aterrorizados cada vez más, y él sin entender por qué, hasta que entre el murmurar se levantaron los gritos histéricos de una mujer: “¡Es la Tulevieja!”.
Un nubarrón cubrió el hasta ahora brillante cielo. Un fuerte viento, aparecido de improviso, azotó el lugar provocando desconcierto. Las hojas, los periódicos desarmados y la basura del piso volaban de manera circular por doquier. Los cabellos se alborotaban y las ropas ondeaban con brusquedad. La gente se cubría el rostro y entrecerraba los ojos, evitando la ventisca. Pero cuando se sintieron en peligro y empezaban a correr para buscar refugio en las tiendas abiertas, el fenómeno desapareció al igual que el joven que ahora, sin mayor explicación, era la Tulevieja.
Así fue como se convirtió. Ya había pasado meses desde que luego de aquella escalofriante escena, apareció de la nada en el bosque de Prusia, por el Sanatorio Durán, en Cartago. Reconoció el lugar de inmediato, lo había visitado un par de veces.
Recordaba como caminaba en círculos, desconcertado, tratando de entender, de recapitular lo ocurrido. La primera vez que se miró en un reflejo aún podía reconocer sus rasgos. Pero su nariz era mucho más grande y su cara parecía envejecida. Buscó el libro que llevaba en el bulevar y lo tomó con sus manos, que para su sorpresa, además de verse más largas, tenían un color amarillento. También notó, sin mayor alarma, como su pecho se empezaba a abultar. De una manera extraña algo en él cambió, no era solo su físico, sino que con la mayor premura, decidió aceptar tal cual la metamorfosis que sufría, un aire de ligereza empezó a apoderarse de su carácter.
No volvió a su casa. Se quedó en Prusia y al pasar las semanas, se acercó al Sanatorio, en donde sin que le vieran, robó el espejo del que cuidaba las instalaciones y una vez más, metida en el bosque, se sometió a una inspección. Su cara, irreconocible, era la de una viejecita perversa, de ojos chispeantes, burlistas, con mirada maniaca. Sus labios, que metidos en su boca sin dientes dibujaban una línea, sonreían con cierto entusiasmo al ver los evidentes cambios indoloros, a los que se estaba sometiendo. Ya para ese momento había encontrado su sombrero de tule que usaba en todo momento. Estaba tirado allí y ella simplemente lo tomó como suyo.
Sus senos, grandes, bien formados, le provocaban una presión sobre el pecho. Luego de mirarse en el espejo, se sentó en una roca, descansada, pensativa, con la cabeza gacha, apreciando sus nuevas patas carentes de zapatos, pero que contaban con la particularidad de asemejarse a las de un pájaro. Gustaba ver sus huellas, que aparentaban ir al lado contrario al que en realidad se dirigía. Con el tiempo, empezó a acercarse a zonas habitadas para dejarlas por doquier, aguardando a que las personas las siguieran, pensando en encontrar alguna gallina gorda o algún ave exótica, para sorprenderse, de pronto, perdidas por el bosque o por callejuelas desconocidas. Sin embargo, luego de pasada la broma, sin saber como, orientaba a sus víctimas hasta que llegaban, con las manos vacías, a su casa.
Sin embargo, un día, al caminar, empezó a hacer un ruido: “tuli, tuli, tuli, tuli”. Ella no lo hacía, solo salía y la gente empezó a asociar las bromas con el sonido, y pronto, se dijo que en Cartago andaba la Tule. Decidió a ser más cuidadosa y abandonar Prusia. Tomó su libro, el recuerdo de su existencia pasada y se dedicó a viajar, principalmente por zonas rurales, a obscuras, escondida, gastando bromas inofensivas al principio, hasta que algo pasó.
La noche, clara, coronada por estrellas, iluminaba el potrero por el cual pasaba. Sus senos, que le ejercían una constante presión, se habían inflado de manera exagerada. Un calor le brotó del pecho, pero éste, no tardó en ser sustituido por una sensación de ardor, el cual se detuvo hasta que un chorrillo de una leche dulce y espesa, le bajó lentamente por la teta. La miró con extrañeza mas lo asumió como lo hizo con todo lo demás. De repente, empezó a notar un cosquilleo. Aterrorizada, descubrió que de entre sus senos nacía un hormiguero del cual emergían zompopas rojas. Algunas eran grandes como un dedo, otras pequeñas como un grano de arena, pero todas recorrían su cuerpo buscando, lo que parecía ser, el brote de leche que nacía de sus pezones.
Desesperaba, tomó el libró y como loca, se sacudió frenéticamente desprendiendo decenas de hormigas, mientras que con frustración, notaba como desde el interior de su cuerpo brotaban muchas más. Liderada por el instinto, empezó a temblar y a moverse hacia los lados, pisando en ocasiones, la abundante boñiga del lugar. Llena de miedo y con las patas embarradas, empezó a correr histérica en la profundidad de la noche mientras sus gritos, los cuales asustaban a kilómetros a la redonda, eran escuchados principalmente por lujuriosos quienes bajaban su libido al instante.
Cada vez corría más rápido, encolerizada, asustada, hasta que su velocidad aumentó inmensurablemente. Sus ojos, aterrados, veían como todo a su alrededor: árboles, potreros, cercas, animales, calles y casas pasaban a su lado, apenas visibles por la rapidez en que se movía. Con una mano, medio sujetaba su sombrero de tule y con la otra, su librito lleno de restos de hormigas el cual esperaba no perder. Con la carrera, los insectos caían, quedando rezagados en el camino, devolviéndole algo de una cordura que le ayudo a tomar control sobre sus pies. Así pasó un rato, corriendo a velocidades increíbles, con susto y excitación, hasta que un tropezón la llevó a caerse en un zanjo. Perdió el conocimiento durante unos minutos. Al despertarse, mareada, vió que las hormigas, imparables, caminaban por sus pechos. Para su sorpresa, algunas la mordían encajando sus mandíbulas, pero ella, no sentía algún dolor. Echó la cabeza hacia atrás, suspiró y exhausta, cerró los ojos y dormitó.
Ya más tranquila y aún faltando horas para el amanecer, salió del hueco de donde estaba y se puso a caminar. No entendía bien el por qué, tan animosamente, había aceptado todos los cambios a los que sin explicación se había sometido. Como de ser un joven estudioso, trabajador, amante de la lectura, se había asumido tan tranquilamente como una anciana monstruosa, con cara de bruja y con las tetas gigantes, que parecía amante de los carnavales y de los buenos sustos.
Con el libro en su mano, resolvió que debía viajar a San José para buscar el por qué de su conversión en la Tulevieja y la posible regresión a su estado original. No le cabía en la cabeza como no había racionalizado la extrañeza de los sucesos, ni de cómo había obviado el buscar respuestas hasta ahora, en que el susto de las hormigas le habían llevado a comprender la bizarra situación. Se había sentido tan maravillosamente desde su transformación, que había olvidado a su familia, sus amigos y su trabajo, aunque se daba cuenta que nunca se había sentido tan feliz ni tan libre en toda su vida.
Pero ahora, emprendido el viaje, las dudas y el miedo le llenaban la cabeza de pensamientos negativos. Mientras más se acercaba a San José, la ira la dominaba cada vez más. Tan solo a pocas horas de haber emprendido el viaje, sus ojos, que brillaban con una tonalidad amarillenta, acumulaban un aire de maldad el cual no era propio de la personalidad que había adoptado. Sus bromas, que habían sido inofensivas hasta el momento, empezaron a tornarse oscuras y peligrosas. Incluso, ella misma se asustaba de la forma en que viciosamente aterrorizaba a sus victimas, utilizando las hormigas que ahora eran su compañía. Dependiendo de su ánimo, las hormigas actuaban con distintas intenciones. Podían simplemente asustar, después de todo, el tamaño de algunas era descomunal. También picaban dejando dolorosas ronchas que sanaban hasta días después. Más ahora, con su nuevo humor, los hombres quienes eran picados, enfermaban de gravedad con calenturas horribles y preocupantes, inexplicables, que los llevaban indudablemente al hospital. Estás reacciones, le hacían temer que en algún momento, mataría a alguien.
Su mente se enviciaba paso a paso. No le había tomado mucho estar cerca de la capital. Apenas un rato de caminar y se encontraba por el cruce de San José a Tres Ríos. Iba de noche, invisible a las luces de los carros que a pesar de las altas horas, no dejaban de pasar. Sentía en su temperamento una furia inexplicable, una ira creciente.
La ligereza que había ganado cuando se transformó por primera vez, la había abandonado para dar cabida a un estrés el cual ganaba terreno. La sonrisa de su rostro había desaparecido para ser remplazada por una terrible mueca. La urgencia, por llegar al bulevar, sitio donde se transformó, le apremiaba. De repente, algo llamó su atención. Un par de jóvenes, que no tendrían más de veinte años, caminaban tambaleantes por una calle paralela a la principal, mientras le gritaban vulgaridades a un grupo de jovencitas, quienes también olían a alcohol.
Con una furia casi histérica, arrebatándola de la ecuanimidad que aún podría quedarle, se dirigió presurosa a donde se llevaba a cabo el conflicto. “Tuli, tuli, tuli” sonaba. Las muchachas, al percibir el peculiar sonido sintieron un escalofrío y sin demora, salieron a la calle principal para tomar un taxi. Tuli, tuli, tuli, escuchaba los jóvenes que sin prestar atención, se acomodaban en la cera para fumarse un cigarro.
Un dulce aroma, el cual encantaba los sentidos, inundó el ambiente. La brisa, que había empezado a jugar entre las ramas de los árboles, emulaba un dulce canto: un apacible arrullo, hipnotizante, tranquilizador. Parecía un mundo paralelo, una irrealidad en que los colores se sentía más vivos, los silencios más profundos y las sombras, las cuales se mostraban más negras, llamaban peligrosamente la atención. Era como vivir un sueño.
Fue bajo la negrura de un almendro que apareció, suave, bella. Su rostro, oculto en la oscuridad, revelaba una risilla juguetona, como de niña boba. Pero su cuerpo, desnudo, se adivinaba ante la débil iluminación. Se silueteaba el cuerpo de una joven hermosa, de grandes senos, de piernas torneadas y sexo desnudo, que sin pena, se tocaba placenteramente mientras era descubierta por unos jóvenes quienes se pusieron de pie sin creer lo que veían. Anonadados por la bella aparición, quedaron inmóviles hasta que la mujer, sensual, los invitó a acercarse con la mano. Empezaron a caminar nerviosa, pero decididamente hacia la chica esperando ver su rostro. Ella, con suavidad, se echó para atrás ocultándose entre las sombras mientras era seguida por los condenados. El corazón de la joven se aceleró, los chicos habían tomados sus senos y con desesperación los besaban. Una mueca maligna nació estrepitosamente en el rostro del espanto: habían caído en la trampa.
Las hormigas, quienes sigilosamente ya habían invadido el cuerpo de los hombres, empezaron a clavar sus mandíbulas envenenadas por el odio del espectro. Aterrados, se alejaron tambaleantes de la mujer. El primero de ellos, el más alto, con pasos inciertos, tropezó y calló al piso para revolcarse del dolor. El segundo, con la cabeza rapada, de consistencia más gruesa, mantuvo el equilibrio, mientras que para su horror, quien hacía unos instantes era una bella mujer, se abalanzaba hacia ellos con una cara demoníaca, de bruja loca, quien le tomó el brazo con una fuerza tan brutal, que un hormigueo insoportable le dominó la mano. La bruja, monstruosa, peló los dientes en una sonrisa maligna, sus ojos, amarillos, brillaban con una nueva intensidad. Deseosa de sangre, la mujer subió su brazo a una altura considerable, exhibiendo unas uñas largas y filosas, listas para arremeter en contra del joven pero cuando estaba lista para zamparle el golpe mortal, calló en cuenta de los sucesos que acontecían, se asustó de ella misma y desapareció repentinamente en la oscuridad.
Sorprendida… sorprendido de sí mismo, no podía entender como se habría convertido en tal criatura, capaz de matar. Estaba tan lleno de odio cuando las hormigas picaron a los parranderos, que temía por sus vidas. Era un hecho que terminarían en el hospital, pero si sobrevivirían… no lo podía adivinar.
Era como si estuviera atrapado dentro de la Tule, como si ya no fuera ella.. pero el cuerpo del monstruo le respondía como siempre.
Había buscado un lugar dentro de la misma capital para esconderse. Un sitio embrujado para que nadie lo encontrara. Una casona antigua, conocida como “La Casa de los Siete Ahorcados”.
Invisible a los ojos de sus dueños, se quedó ahí, pensativo, metido en un closet oscuro, resolviendo en como ser quién fue, llegando a la conclusión de que el mejor lugar para buscar sus respuestas sería en el bulevar donde se gestó la mutación.
Pasaron los días y los habitantes de la casa habían empezado a notar, incómodamente, la presencia del espectro, así que sin muchas ganas, decidió partir. Durante una noche sin luna, salió por la puerta principal seguido por una pesadez en su espíritu que no había sentido antes. Sus tetas, más grandes y cargadas que nunca, le estorbaban tanto que tuvo que echárselas al hombro para poder caminar.
Desde su escondite sólo tenía contacto con los habitantes y alguno que otro fantasma. Todo en esa casa era tranquilo y las personas se llevaban bien. Los perros, ajenos a su presencia, jugaban animosamente con sus dueños que a pesar de los problemas, se notaban cercanos. Sin embargo, y para su sorpresa, esto también le llenaba de rencor . El joven pensaba constantemente en su vida pasada, en su entrega al trabajo y a sus sueños, pero no recordaba compartir amistosamente con nadie. Su vida era el trabajo. Su corazón se negreaba llenándolo de una tristeza impecable.
Asustado por lo que sentía y de lo que una Tulevieja iracunda podría provocar, decidió, que de alguna manera, el monstruo debía desaparecer: la irracionalidad, los pervertidos y viciosos pensamientos que acompañaban la creciente cólera que sentía, eran reprimidos constantemente por un joven asustado, quien temía algún desenlace catastrófico.
Durante los meses en que vivió en Cartago, había sido libre, feliz. Tenía ese deseo de asustar, aprovechándose de su nuevo físico, pero nunca había hecho daño a sus víctimas. Pero ahora, buscando respuestas sobre quien era, se había convertido en algo que no podía dominar. En un monstruo, en un Jekyll esperando a perder el control.
A paso lento, dirigiéndose hacia el bulevar de San José, empezó a atravesar el oscuro y peligroso pero concurrido Barrio Amón. Lleno de vida, sus sombrías calles pobladas de transeúntes, drogadictos, ladrones, carros, prostitutas y travestis, le generaban una especie de repugnancia.
Dominando el hilillo de furia que le subía a la cabeza y que parecía querer nublarle la razón, el joven, ansioso, maligno, se detuvo entre las sombras; atento, acechante, observando con furia las caras de la ciudad, decidiendo su siguiente paso.
Las hormigas, inquietas, caminaban sobre su cuerpo alimentándose de la dulce leche que incesante brotaba de sus enormes senos. Las escuetas picaduras que le propinaban no le causaban daño alguno pero le generaban algún estrés, mas su atención, lejana a su cuerpo, estaba en los rostros despreocupados de la gente. Se perdía en aquellos rostros relajados, algunos felices, libres, provocándole un recelo, una envidia que no entendía.
Los sentimientos de maldad, ira, codicia y resentimiento lo sacudían en catárticas convulsiones de odio: sentía como La Tulevieja lo iba dominando, entonces pasó: un automóvil conducido por una mujer con dos niñas felices, espabiladas, en traje de fiesta, paraban en un semáforo. La madre, de rostro alegre, aprovechaba para volverse sobre el asiento y sonreírles a sus hijas mientras que cariñosamente les acomodaba el cabello.
No podía entender como la Tulevieja, que si bien solía asustar, se convertía en un personaje tan aterrador quien deseaba, casi sin control, saltar sobre ese automóvil para acabar con la felicidad de esa familia.
En el pasado, como una viejecilla traviesa, se había dedicado a asustar inofensivamente a borrachos y calenturientos, pero nunca había deseado dañar a nadie, menos a una familia feliz. Se preguntaba, con los últimos rasgos de razón los cuales usaba para controlar el asesino instinto que lo asediaba, los motivos por los cuales, entre tanta perdición, con las calles llenas de personajes más obvios para ser asediados por el monstruo, se había empezado a obsesionar con esa joven familia.
Su mirada, iluminada por un brillo mortal, devoraba instintivamente los rostros de aquella familia, que insospechada del peligro, esperaban tranquilamente el cambio de luz. Su rostro, desfigurado, sediento, sus músculos, tensos, listos para el ataque; sus patas, fuertes, ágilmente se doblaban preparándose para saltar… cuando de pronto lo entendió.
Nunca fue la anciana, nunca fue el monstruo, fue él. Siempre él. Él, quien dedicó toda su vida a los estudios, quien abandonó todo por su trabajo. Él, quien se alejó del contacto humano, quien se había sumido en la más constante de las rutinas. Quien solo leía, que conocía el mundo a través de una pantalla. Era él, quien no se detenía a oler las flores ni a contemplar lo atardeceres. Cuando bajó a San José, no era la ciudad lo que lo convertía en un monstruo, era su odio a ser quien era, a sentirse atrapado una vez más luego de ser libre. No era La Tulevieja quién era peligrosa, era él con su insospechado miedo a dejar de ser libre.
Lo había comprendido, convertirse en la Tule nunca fue una aberración, siempre fue un milagro, el milagro de ser libre, de vivir la vida, de alejarse de las cosas que sin saberlo, odiaba. De repente, sus tetas eran más ligeras y sus músculos se habían relajado. El aterrador gesto de su cara, había sido sustituido una vez por la carilla de vieja loca, feliz e inofensiva que tuvo durante tantos meses. Darse cuenta de tales verdades le devolvía una paz que nunca, incluso siendo la Tule, había tenido y ahora, sin más, tendría la opción de ser quien era.
***
La brisa le refrescaba la cara. El viento, queriéndole arrebatar su sombrero, era frustrado por las nudosas manos de la anciana que sujetaban cariñosamente su prenda. Debajo del brazo, conservaba el libro aquel que había llevado desde el primer día.
La Sabana era un sitio solitario, “bueno para pensar” se decía. Había pasado la última hora asustando a cuanto malintencionado se aventurara al lugar. Su rostro, que era iluminado por una cálida sonrisa, buscaba los primeros rayos del sol, esperando un pronto amanecer.
Cuando los primeros rayos tocaron su rostro, entrecerró los ojillos, su sonrisa se ensanchó y su pecho vibró con el ritmo de su corazón. Nunca llegó al bulevar pero en realidad ya no necesitaba respuestas, todo estaba bien como lo estaba viviendo.
Unas horas más tarde, un joven pasó presuroso por el mismo lugar en donde unas horas antes estuviese el espanto, en donde para su sorpresa, en perfecto estado, encontró un libro titulado “La Tulevieja”, el cual tomó, y empezó a leer mientras presuroso, emprendía el viaje.