domingo 24 de octubre de 2010

El instinto de juego






Según Bettelheim, el niño aprende con el cuento de hadas "Los Tres Cerditos", a que el instinto de juego debe suprimirse de tanto en tanto. Esto, para que pueda asimilar a que el trabajo responsable genera la capacidad de alcanzar metas y sobrepasar retos que son aparentemente más grandes que la persona.
La muerte de los dos hermanos menores y la supervivencia del tercer y último cerdo, recrean la necesidad implícita de madurar con el fin de llevar una vida plena.

viernes 23 de abril de 2010

jueves 22 de abril de 2010

Serigrafía

La Serigrafía es una técnica de grabado que permite, por medio del tratamiento de mallas de serigrafía, la impresión de imágenes reproducidas en serie.

Algunas técnicas de serigrafía son la de fotoemulsión, capaz de copiar con calidad fotográficas imágenes trabajadas en contrste 100%, la técnica del medio graso, usado para lograr texturas artísticas y el esténcil de papel, técnica directa y rápida, sin demasiado detalle, usado para ediciones cortas.

Un video de una impresión de camisetas utilizando una araña.

viernes 17 de julio de 2009

Exposición del Proyecto de Graduación

Rescatadas de entre un escombro de ideas globalizadas, los monstruos del bestiario de la leyenda tica salen de la imaginación del costarricense para plasmarse en una serie de textos visuales y escritos que componen un libro arte.

Cuentos e imágenes se conjugan en páginas llenas de imaginación y color, producto de la proyección cultural nacida del folklore nacional, con el motivo de exaltar y rescatar personajes tradicionales los cuales son parte del ser costarricense.

El dibujo en tinta, la monotipia en grabado y el giclée (impresión digital de alta calidad), dan paso a una colección de personajes pertenecientes al imaginario nacional, y que acompañados con cuentos, buscan reinventarse para quedar adheridos en nuevas generaciones de costarricense.

La Llorona, la Segua, la Mona, el Cadejos y los Duendes se congregan en un compendio de cosas que no existen, pero de que pasan, pasan.

Abajo: el Diablo, la Tulevieja, la Llorona, la Ju de León y el Cadejos.






jueves 21 de mayo de 2009

Segua con "S".

En su obra teatral "La Segua", Alberto Cañas Escalante recibe una crítica a diferentes periódicos acusandole de perpetrar la escritura de una palabra tradicionalmente escrita por grandes literatos como Rubén Dario, quienes la han escrito siempre con "C" o con "Z".
Cañas contesta que la diferencia entra la S por una parte y la C y la Z reside en el sonido, donde afirma que estos son usados en España y no en América Latina, donde el sonido que se utiliza es el de la S. Por otra parte, afirma que no encuentra razón en el uso de la C y la Z en una palabra completamente americana que además tiene sus origenes en lengua amerindia, que ha pronunciado la palabra como Tsegua, en una convinación de sonidos ts que en ninguna parte suenan como C o Z sino como a S.

martes 19 de mayo de 2009

Qué es Serigrafía?

Serigrafía es una técnica de grabado que utiliza como matriz una malla de seda tensada sobre un bastidor, que por medio de distintos procesos, esta enmascarillada por plantillas.

Estas plantillas o esténciles, bloquean ciertas zonas de la malla, haciendo que tenga zonas libres y tapadas. Luego, utilizando una rasqueta, se preciona tinta sobre la malla, haciendola pasar a través de las zonas no bloqueadas, dejando que se realice una impresión sobre casi cualquier tipo de soporte.

Puede apreciarse el proceso de impresión en este video de Youtube: http://www.youtube.com/watch?v=vcITattoQus

Grabados de parejas.


Una pequeña colección de grabaditos que he estado desarrollando por diversión. Son imágenes de parejas que simple y sencillamente, están felices.

J.P.

martes 10 de marzo de 2009

Mi abuelo

Una acuarela que evoca a mi abuelo en el lugar que más añora en el mundo: La Finca!!!! la acuarela, basada en foto, fue primero trazada sobre papel de acuarela de gran formato y pintada con acuarela, lápiz de color y pilots acuareleables.

jueves 5 de marzo de 2009

Los Micos Malos

Aunque en el pasado les era difícil esconderse, actualmente nadie cree en ellos. Quien los mencionara era tratado como un loco. Solo los niños de la escuela, quienes no temían hablar de monstruos, comentaban abiertamente el tema. Con interés morboso y algo de miedo, discutían durante los recreos, sobre como aquellos monillos asquerosos se metían a las casas para romper chunches y hacer pasar penas a quienes vivieran ahí.
En la familia de los Pérez la invasión había comenzado desde pasadita la hora de almuerzo. Los micos se habían metido rompiendo las ventanas. Habían amarrado a Doña María, (que era la mamá de Jennifer y Melissa, los de primer grado )y le habían tironeado el pelo mientras que la pobre mujer pegaba gritos. Al papá, Don Fermín, lo guindaron de cabeza y le daban escobazos mientras que a Jennifer y Melissa los corretiaron por toda la casa; y mientras gritaban, sus papás lloraban desconsolados por el simple hecho de no poder proteger a sus ternuras. Solo cuando habían perdido toda esperanza y fe, y sus rostros reflejaban muecas de terror y congoja, los monillos los dejaron en paz; saliéndose por la ventana mientras se reían como locos comentando con sus terribles chillidos, sobre quien en la familia había estado más desesperado y apostando sobre quien habría pegado el mayor susto.
Esas eran las habladurías en la pequeña escuela. Sin embargo, entre los estudiantes, estaba Fustes Zárate, la pequeña niña bruja, quien vivía junto con sus padres en una casita arriba en la montaña. Ella sabía que como la propiedad era bastante grande y no tenían vecinos cercanos, se convertían en un blanco fácil para los simiescos demonios.
Fustes era una niña muy pequeñita y estaba dotada con una inteligencia sorprendente y con ésta, podía recordar todos sus sueños. Desde hace unas noches había estado soñando con los monos. En sus sueños se metían por la ventana y atacaban a su familia. Sus padres tenían problemas matrimoniales y ella sabía que esas situaciones les llamaban la atención. Buscaban parejas en conflicto a quienes molestar: aporreaban a los esposos, les jalaban las orejas a los niños y atraían tiempos funestos en las relaciones: los cónyuges se alejaban hasta que la pérdida de confianza disolvía la pareja. Fustes, quien a pesar de ser joven no pensaba con la mentalidad de una niña sino con la de un adulto, no permitiría que ese mal cayera en su casa.
Cuando apenas empezaba a caminar, desbordó Río Agres(ahora conocido como San Gabriel). Sin quererlo, por medio de brujerías, desbordó el caudal e inundó todo el pueblo. Se llevo casas completas y lo único que quedó fueron cientos de inmensas piedras repartidas por todas partes, tan pero tan pesadas que fue imposible reconstruir el pueblo. Sin que nadie supiera realmente por que, Fustes lloró por tres días sin detenerse: se sentía arrepentida por su terrible travesura y desde entonces se prohibió usar magia. Sin embargo, y a consecuencia de sus recientes sueños, decidió que por ésta vez haría una excepción con el fin de proteger a su familia.
El día anterior buscó a su amiguito especial, el pequeño niño a quien nadie más veía. Siguiendo su consejo, Fustes se la pasó toda la tarde después de la escuela en el jardín buscando las matitas que el nene le pedía. Luego, en la cocina, con mucho cuidado, se robó el tarro de sal y unas flores rosas que su mamá solía traer de la pulpería del pueblo.
Una vez que obtuvo sus ingredientes y siguiendo las instrucciones de su amiguito, echó sal por todas las entradas a la casa: en las ventanas, en las rendijas de las paredes, por debajo de la puerta, en el jardín; alrededor de la casa y hasta en el techo. Mientras lo hacía recordaba sus sueños: un ave negra, la Ju de León, traía a esas fierecillas desde el mismo infierno. El avechucho parecía una mancha negra con ojos rojos. Fustes podía recordar que los tres Micos Malos tenían la piel desnuda. De la cintura les guindaban unos mechones de pelo que los cubrían hasta las rodillas. Tenían los ojos rojos encendidos y dientecillos chiquitillos pero afilados, garras largas y fuertes, una cola terminada en punta de flecha y una peste a sangre seca que provenía de los mechones que les guindaban. El hedor daba ganas de vomitar.
Fustes llenó algunas bolsitas con hierbas aromáticas: menta, mirra, albahaca, orégano y romero, todas muy olorosas, y las amarró con un listón rojo para luego colocarlas debajo de las camas y enterrarlas por todo el jardín. Prendió algunas velitas blancas, a escondidas por que a ella no se le permitía jugar con fuego, las bendijo en nombre del Espíritu Santo y a su protector, el Divino Niño, y se sentó a esperar con una escoba en la mano por si tenía que mangonear a los demonillos. Estaba segura que esa misma noche serían invadidos por los incubos del infierno.
Cantando bajito su canción favorita, “lunes, martes, miércoles tres, jueves, viernes, sábado seis…”, esperaba ansiosa el enfrentamiento que solo ella podía realizar. Entrecerrando los ojos por el cansancio del día, divisó una lucecita que emanaba de debajo de la mesa. Se levantó confiada pues el calorcito que sentía, era uno que ella ya conocía bien. Su pequeño amigo la había llegado a acompañar. Él pequeño tenía hambre pero ella le dijo que no podría hacerle de comer pues tenía que hacer guardia. El niño entendió y le dijo que se quedaría para hacerle compañía.
Empezó a oscurecer.
Recién llegando del trabajo, la mamá de Fustes, quien sabía que su hija era una bruja, accidentalmente encontró las velitas blancas y los chorros de sal. Con una sonrisa recordó los recovecos que su propia madre, famosa en Aserrí y Escazú, solía hacer para ganarse la vida. Decidió dejar los chorritos pero llamó a su hija, le sirvió la cena y la mandó a dormir. Un poco a regañadientes Fustes comió y se fue a acostar. Estuvo un poco berrinchosa por que no la dejaron darle comida a su amigo invisible. Toda se la tuvo que comer ella.
En el cuarto, justo antes de acostarse, dejó un huevo debajo de la cama y se durmió con la escoba al lado.
Esa noche soñó con el Divino Niño. Estaban en la sala. Él le sonreía y reían juntos: un gato blanco, peludo, se había tragado de un solo a un pajarucho que parecía una mancha negra y tres monillos, desesperados, se quemaban el culo con sal mientras trataban de entrar en la casa la cual les apestaba a hierbas y cuyo olor les irritaba los ojos, hasta que hartos, heridos y humillados se alejaron, sin la aparente intención de volver a la vivienda en donde en ese momento, una pequeña niña compartía un pedazo de pan con mantequilla y miel con el Divino Niño quien ahora ya no tenía hambre.

domingo 8 de febrero de 2009

Autorretrato en el Centro Cultural Mexicano

Presenté este autoretrato como parte de una exposición grupal: monotipia y collage.

Imágenes para una Nueva Expo


Una serie de monotipias en grabado... realizadas sobre láminas offset entintadas con tinta litográfica y pasadas por prensa de grabado... el soporte de impresión: fabriano rosaespina.

domingo 11 de enero de 2009

La Segua del tronco



“Se puede advertir de su presencia, si al ver a una bella mujer, se le grita desde lejos tres veces seguidas: “No te vas a ir María pata de gallina”, si es la Segua, se asustará y desaparecerá en el acto, si no, te considerarán un loco. También se puede huir de ella si se muerde una cruz bendita o una medallita de plata mientras fielmente, se le encomienda el alma a Dios. Los más osados se lanzan boca arriba en el suelo, estiran la mano y le jalan el cabello. Ella se asustará y huirá. Si de casualidad hay una planta de escobilla, también se puede halar y será como tirarle el cabello. Este método es más efectivo por ser un remedio mágico en contra de una mujer mágica”

La Segua del tronco

Hasta en la noche más estrellada el peligro amenaza desde los rincones más insospechables. Cientos de criaturas, alejadas de la comprensión humana, rondan libres por los caminos, acechando, buscando víctimas con los fines más perversos.
Una de estas criaturas, de las más viciosas aparecidas en Centro América, es la Siguanaba. Mejor conocida en Costa Rica como la Segua, aparece como una bella mujer, quien con sus atributos, ha seducido a los hombres desde épocas coloniales, para luego revelarse como el más sanguinario demonio. Son pocos quienes escapan al fatal destino que este esbirro depara, pues se dice que quienes lo han hecho han sabido de antemano las artimañas para espantar a tan terrible asesino.
Su verdadero nombre fue Sihuethuet(mujer hermosa), que tras abandonar constantemente a su hijo para satisfacer a sus amantes, fue castigada por el dios Tlaloc, quien la convirtió en un ser de rostro monstruoso. Aprovechando de su esplendoroso cuerpo de curvas sinuosas, desde lejos, seduciría a los hombres infieles atrayéndolos sin demora. De cerca se revelaría como el vengativo y demoníaco ser que en realidad era. Su nombre, el cual fue cambiado a Sihuanaba(mujer horrible), le sería asignado pues los pocos sobrevivientes, describían que su rostro era como el de una calavera de caballo. Afirmaban que de las cuencas de sus ojos, aparecían, rojas, dos bolas de fuego las cuales miraban con ardor mortal. El cráneo, amarillento por el paso del tiempo, mostraba quebraduras proporcionadas por los golpes recibidos de hombres que en sus débiles intentos por escapar, solo enviciaban el humor de la pérfida encarnación.
Su voz, al principio dulce, se convertía en el sonido de mil truenos, y su boca, carente de mandíbula, mostraba una lengua viperina la cual sale para besar a las víctimas quienes, inmovilizadas por el fétido aroma despedido por sus verduzcos y podridos dientes, no pueden más que recibir en su boca.
La Segua, quien ahora se presenta alta, baja, de senos chicos o grandes, gruesa o delgada, sigue atacando con el mismo móvil: aborda a hombres solos quienes enamorados por su excepcional belleza, se detienen a conversar con una mujer, sola, seductora, quien sorpresivamente los invita a acercarse con lo que ellos ignoran son fines mortales.
En la actualidad se le ve en Cartago, oculta en las tinieblas de la noche. Solicita aventones en calles solitarias; donde los calentones se detienen para montar al mujerón más atractivo que han visto en sus vidas. Después aparecen estrellados contra una pared o en el fondo de algún guindo. Siempre con una cara transformada por el horror de una muerte inesperada.
Ella prefiere mantenerse oculta, que no la tomen en serio. Se le conoce no más que como un simple cuento, nada más allá que una ilusión. De esta manera, anónima, mata con mayor facilidad pues sabe que en cada oportunidad, su víctima, desatenta, caerá fácilmente en la trampa. Ella los odia a todos, a los hombres quienes al igual que Tlaloc, la maldicen por su simple existencia.
Tanto es su odio que a veces se monta sola y ataca a quienes no le han prestado atención. Muchos han muerto tras su beso, entre sus temibles garras. El corazón se les detiene del susto o ella los golpea o los intoxica con su hedor. Disfruta cada grito, cada sensación de dolor, sentir la débil fuerza de los hombres atrapados entre sus brazos, quienes desesperados, luchan hasta el último aliento de un alma la cual se perderá para siempre.

***

Las curvas de aquella mujer sentada sobre un tronco a la orilla del camino, se iluminaban peligrosamente en aquella noche estrellada donde la Luna, entera, brillaba con la intensidad del mismo Sol. La callezuela, compuesta por un caminillo señalado débilmente por piedras y rodeado de una espesa vegetación, era solo conocida por los lugareños que la utilizaban rara vez, por ser considerada un sitio solo y peligroso. Servía para acortar camino desde la plaza hasta el centro de Palmares y aunque en realidad, no se sabía de ningún evento notorio el cual calificara a ese sitio como de malos presagios, la poca luz y la soledad, le lavaba la voluntad a los caminantes, quienes preferían ir por el camino largo, dándole la vuelta a las grandes cuadras de la ciudadela.
La mujer, quien con un rostro oculto entre las sombras esperaba ansiosa la llegada de algún atorrante, lucía impávida ante las sombras que se dejaban caer sobre el lugar. De pronto, un sonido de pasos tambaleantes dibujó en su cara una sonrisa.
Con un suave movimiento, delicado como el de un ave, se acercó a la luz, mientras que curiosa, buscaba entre la oscuridad, la identidad del transeúnte. Sus ojos eran grandes y negros. Contrastaban con la delicada piel blanca, que brillaba débilmente con el reflejo de la Luna. Su cabello, negro como el ébano, caía graciosamente hasta un poco más abajo de sus hombros. Su cuerpo pequeño, frágil, de corta edad, anunciaba una inocencia que latía en un pecho pequeño y que se iluminaba en su rostro de frente amplia y de mejillas redondetas, pero, que ahora ruborizadas, exponían su excitación.
El bullicio que coronaba las fiestas palmareñas apenas hacía presencia en aquel desolado lugar. Un joven de corta edad, aún adolescente, era, quien con pasos inciertos, se presentaba en el lugar. El muchacho, de gran atractivo, posó sus ojos en aquella forastera de labios carnosos.
Con un hedor a cerveza, saludó a la joven quien se encontraba a tan solo unos pasos. Con una dulce sonrisa, reveló unos par de camanances marcados en su bello rostro y unos hermosos dientes que se asomaban blancos y saludables a través de la ventana de su boca. Su piel, canela, daba vida a su cuerpo joven, bien formado, de brazos fuertes y viriles, aunque daban la sensación de que no hacía mucho pertenecían a un niño.
De pie en frente a la chica, el rubor subía por el rostro del joven, apresándose en una lujuria por la carne. Sentía un deseo casi inhumano por acercarse a ella. Por sentir su piel, por besar sus labios, por tomarla entre sus brazos. Un dulce aroma, penetrante, inundó sus sentidos. Una Flor de la Noche había despertado liberando sus dulces aromas. Los olores dulzones y alucinantes, drogaban la consciencia del ya extasiado muchacho. Los colores, que se intensificaban a cada instante, se tornaban rojizos mientras que la temperatura subía inexplicablemente. Un calor subió por sus muslos y una gotita de sudor bajó por su frente. El ambiente se había calentado a tal grado que deseaba librarse de sus ropas y a ella, desprenderla de las suyas.
La joven, quien había empezado a juguetear tocándose suavemente los labios y jugando con los senos que ligeramente se le escapaban tras del escote, parecía más que dispuesta para aceptar al recién aparecido. Su rostro mostraba una lujuria que iba subiendo con el calor del ambiente y sus bellos ojos se encontraban con los del muchacho, haciéndole entender, de manera descarada, el deseo por él.
El corazón del chico latía rápidamente, el olor dulzón de la flor lo mareaba. Tambaleante, disfrutaba el espectáculo de seducción que era exclusivamente realizado para él. Casi con grosería, la mujer quien ahora subida en el tronco bailaba exóticamente en una danza provocadora, se empapaba con el sudor que le provocaban los sensuales movimientos y el calor del ambiente. La luz, que parecía desaparecer de los alrededores, se centraba exclusivamente en ella convirtiéndola en el único interés del joven muchacho.
Todo, con excepción a la diosa quien se movía rítmicamente, era inexistente. La mirada del joven, intensa, seria, se comía los muslos de la danzante quien insistentemente le atraía con los movimientos de sus manos. Sin poder esperar, el jovenzuelo atendió rápidamente.
Un grito se escuchó a lo lejos. Quienes lo oyeron se persignaron a sabiendas de la extrañeza del lugar de donde provenía el alarido. La joven mujer, quien aterrada corría entre los árboles, dejaba atrás la espectral aparición que acababa de atacarla.
El joven, que de repente había dejado su adolescente cuerpo para convertirse en un enorme monstruo, la había aterrado de tal manera que le había hecho escapar un aullido de sorpresa y dar un sorprendente brinco hacía atrás alejándola de la criatura. En el instante que lo vio, la mujer, que ya había escuchado sobre la existencia de ese ser, no daba crédito a lo que sus ojos veían. “El Sisimiqui” se dijo a sí misma en el pequeño fragmento de segundo que le tomó reaccionar para empezar a correr entre la seguridad que le podrían proporcionar los árboles del bosque.
Mientras se alejaba, recordaba como el cuerpo del chico se había triplicado en tamaño para convertirlo en un gigante de una piel gris, seca, llena de terribles granos y marcas de erupciones. Su rostro, con una nariz grande y amplia, estaba cubierto por mechones de cabello sucio que le daban un aspecto pestilente y ocultaban lo que parecía ser una siniestra sonrisa. Las prendas que llevaba como el joven, habían sido intercambiadas por los vestigios de ropas viejas posiblemente confeccionadas por las múltiples esclavas que con los años había atormentado y su pene, abultado sobre éstas trusas, se miraba desgarrador y amenazante. Por lo que sabía, el Sisimiqui gustaba secuestrar y violar mujeres hasta que se cansaba de ellas o estas lograban escapar y ella, mientras corría desesperadamente, no pretendía ser una victima más del ogro.
El ogro, que no logró reaccionar a tiempo, vio como la joven, aterrada, corría hacia el bosque donde, debido a su gran tamaño, no podría ingresar.
Luego de un rato, en la intensidad de la noche, cuando el olor dulzón de las flores se había perdido desde hace mucho rato, la mujer descansó. Su rostro, juvenil empezó a transformarse en el de un terrible demonio, una calavera de caballo empezó a descubrirse lentamente entre sus largos cabellos y una hediondez empezó a coronar el lugar.
Una carcajada salió de su boca y las cadavéricas cuencas de los ojos se le encendieron en un rojo mortal. Ya sería la próxima vez se dijo. Esta solo había sido una coincidencia… el próximo será… y como si no hubiera pasado nada, se dirigió a Cartago.

jueves 11 de diciembre de 2008

Sobre Mascaradas

Tengo ganas de montar una expo de mascaradas pequeñas con temática de leyenda tica. Aquí, algunas muestras de mi primer colección de máscaras...Entre ellas un pasito...




martes 9 de septiembre de 2008

La Tulevieja

“Corría grandes distancias en minutos. Su velocidad, lejana a la normal, la disfrutaba más que todo cuando aquel viento frío le refrescaba la cara. Así era feliz”

La Tulevieja por José Pablo Román

Al caminar dejaba huellecillas de gallina que iban en dirección contraria a la que en realidad se encaminaba y siempre, atrás, un rastro de hormigas muertas. Pasaba matando, con sus dedos largos y nudosos, las hormigas que anidaban entre sus grandes y jugosos senos; y que salían para alimentarse de sus pezones chorreantes de leche. Aunque solía ser víctima de picaduras, ya no sentía siquiera molestia.
Gustaba de asustar a los caminantes calenturientos de La Sabana. A veces ofrecía sus enormes y bellos senos, para luego sacar aquellas zompopas que dejaban piquetes ardientes y dolorosos: “para que aprendan a respetar”, luego se reía a carcajadas con aquella boca sin dientes que dibujaba picarescas sonrisas, mientras recordaba las muecas de horror de los pobres y asustadizos hombres.
Sólo lo hacia por molestar.
Se paseaba las tardes soleadas, protegida por el sombrero de pico, hecho de tule, el cual le cubría parte del rostro. Apenas se notaban sus pequeños ojillos arrugados, su nariz larga y fina y aquellos labios ocultos en la boca. Su cuello arrugado se unía a una huesuda clavícula, luego sus senos y su sexo desnudos. Tenía las patas largas, flacas, terminadas en patas de pájaro, con la particularidad de que estaban inversas: “La vieja Inés con las patas al revés” recordaba de cuando era niño.
***
Pero no siempre fue así. Tan solo hace unos meses era un joven estudioso, entregado a hacer siempre lo que era correcto. Se encontraba sumido en la metódica necesidad de trabajar y estudiar, de no hacer más de lo necesario para complacer las supuestas expectativas de sus padres, que ahora, alejados por la obsesión de su hijo por el trabajo, le echaban de menos.
Así como de sus progenitores, había ahuyentado con su indiferencia, a las personas que habían querido ser parte de su vida: miembros de su familia, amigos y amantes. Ya nadie lo llamaba para salir, siquiera en su cumpleaños. Había apartado a todos, mas él, que tan solo se preocupaba por sus labores, no se había dado cuenta de ello.
A veces salía solo a ver una película, o al teatro o a la ópera, a museos o a caminar. Pero siempre, pensando en el trabajo, cargaba un libro del cual no separaba los ojos. Obviaba el mundo a su alrededor. No se detenía a oler las flores, ni a disfrutar del paisaje, siquiera a ver a la gente que le pasaba a la par.
Caminaba por el bulevar de San José, absorto en uno de sus libros, apenas sorteando los faros, basureros y mupis del camino. Escasamente esquivaba a las descuidadas personas quienes le rozaban con sus bolsos, o lo golpeaban levemente con sus cuerpos al querer pasar entre el trajín de un diciembre en la capital.
De pronto, las personas dejaron de pasarle al lado, y aunque no lo había notado, extrañadas miradas se posaban en él. Lo observaban como si algo estuviese mal, como si no pudieran terminar de entender como un joven de buen ver, de unos treinta y tres años, alto, blanco, delgado, de bonita cara, relativamente bien vestido, aunque no a la moda, les causaba, de repente, un miedo. Alguien, que a simple vista pasaría desapercibido, ahora les llamaba a todos la atención.
Un creciente murmullo llegó a sus oídos. Alzó los ojos y para su sorpresa, las personas, que ahora lo veían descaradamente, lo empezaban a evitar desde cada vez más lejos. Algunos, al verle, interrumpían abruptos su camino, buscando otra calle o decidiendo pasarle al lado pero guardando cierta distancia. Un nerviosismo crecía, le veían como si en él se encontrara un peligro eminente.
Se detuvo y giró la cabeza: había un círculo de personas rodeándole, mirándolo asustados. Algunos, menos valientes, apresuraron el paso, alejándose de la escena lo antes posible. El corazón se le aceleró: se sentía acusado, temido, desnudado por decenas de ojos extraños que se abrían aterrorizados cada vez más, y él sin entender por qué, hasta que entre el murmurar se levantaron los gritos histéricos de una mujer: “¡Es la Tulevieja!”.
Un nubarrón cubrió el hasta ahora brillante cielo. Un fuerte viento, aparecido de improviso, azotó el lugar provocando desconcierto. Las hojas, los periódicos desarmados y la basura del piso volaban de manera circular por doquier. Los cabellos se alborotaban y las ropas ondeaban con brusquedad. La gente se cubría el rostro y entrecerraba los ojos, evitando la ventisca. Pero cuando se sintieron en peligro y empezaban a correr para buscar refugio en las tiendas abiertas, el fenómeno desapareció al igual que el joven que ahora, sin mayor explicación, era la Tulevieja.
Así fue como se convirtió. Ya había pasado meses desde que luego de aquella escalofriante escena, apareció de la nada en el bosque de Prusia, por el Sanatorio Durán, en Cartago. Reconoció el lugar de inmediato, lo había visitado un par de veces.
Recordaba como caminaba en círculos, desconcertado, tratando de entender, de recapitular lo ocurrido. La primera vez que se miró en un reflejo aún podía reconocer sus rasgos. Pero su nariz era mucho más grande y su cara parecía envejecida. Buscó el libro que llevaba en el bulevar y lo tomó con sus manos, que para su sorpresa, además de verse más largas, tenían un color amarillento. También notó, sin mayor alarma, como su pecho se empezaba a abultar. De una manera extraña algo en él cambió, no era solo su físico, sino que con la mayor premura, decidió aceptar tal cual la metamorfosis que sufría, un aire de ligereza empezó a apoderarse de su carácter.
No volvió a su casa. Se quedó en Prusia y al pasar las semanas, se acercó al Sanatorio, en donde sin que le vieran, robó el espejo del que cuidaba las instalaciones y una vez más, metida en el bosque, se sometió a una inspección. Su cara, irreconocible, era la de una viejecita perversa, de ojos chispeantes, burlistas, con mirada maniaca. Sus labios, que metidos en su boca sin dientes dibujaban una línea, sonreían con cierto entusiasmo al ver los evidentes cambios indoloros, a los que se estaba sometiendo. Ya para ese momento había encontrado su sombrero de tule que usaba en todo momento. Estaba tirado allí y ella simplemente lo tomó como suyo.
Sus senos, grandes, bien formados, le provocaban una presión sobre el pecho. Luego de mirarse en el espejo, se sentó en una roca, descansada, pensativa, con la cabeza gacha, apreciando sus nuevas patas carentes de zapatos, pero que contaban con la particularidad de asemejarse a las de un pájaro. Gustaba ver sus huellas, que aparentaban ir al lado contrario al que en realidad se dirigía. Con el tiempo, empezó a acercarse a zonas habitadas para dejarlas por doquier, aguardando a que las personas las siguieran, pensando en encontrar alguna gallina gorda o algún ave exótica, para sorprenderse, de pronto, perdidas por el bosque o por callejuelas desconocidas. Sin embargo, luego de pasada la broma, sin saber como, orientaba a sus víctimas hasta que llegaban, con las manos vacías, a su casa.
Sin embargo, un día, al caminar, empezó a hacer un ruido: “tuli, tuli, tuli, tuli”. Ella no lo hacía, solo salía y la gente empezó a asociar las bromas con el sonido, y pronto, se dijo que en Cartago andaba la Tule. Decidió a ser más cuidadosa y abandonar Prusia. Tomó su libro, el recuerdo de su existencia pasada y se dedicó a viajar, principalmente por zonas rurales, a obscuras, escondida, gastando bromas inofensivas al principio, hasta que algo pasó.
La noche, clara, coronada por estrellas, iluminaba el potrero por el cual pasaba. Sus senos, que le ejercían una constante presión, se habían inflado de manera exagerada. Un calor le brotó del pecho, pero éste, no tardó en ser sustituido por una sensación de ardor, el cual se detuvo hasta que un chorrillo de una leche dulce y espesa, le bajó lentamente por la teta. La miró con extrañeza mas lo asumió como lo hizo con todo lo demás. De repente, empezó a notar un cosquilleo. Aterrorizada, descubrió que de entre sus senos nacía un hormiguero del cual emergían zompopas rojas. Algunas eran grandes como un dedo, otras pequeñas como un grano de arena, pero todas recorrían su cuerpo buscando, lo que parecía ser, el brote de leche que nacía de sus pezones.
Desesperaba, tomó el libró y como loca, se sacudió frenéticamente desprendiendo decenas de hormigas, mientras que con frustración, notaba como desde el interior de su cuerpo brotaban muchas más. Liderada por el instinto, empezó a temblar y a moverse hacia los lados, pisando en ocasiones, la abundante boñiga del lugar. Llena de miedo y con las patas embarradas, empezó a correr histérica en la profundidad de la noche mientras sus gritos, los cuales asustaban a kilómetros a la redonda, eran escuchados principalmente por lujuriosos quienes bajaban su libido al instante.
Cada vez corría más rápido, encolerizada, asustada, hasta que su velocidad aumentó inmensurablemente. Sus ojos, aterrados, veían como todo a su alrededor: árboles, potreros, cercas, animales, calles y casas pasaban a su lado, apenas visibles por la rapidez en que se movía. Con una mano, medio sujetaba su sombrero de tule y con la otra, su librito lleno de restos de hormigas el cual esperaba no perder. Con la carrera, los insectos caían, quedando rezagados en el camino, devolviéndole algo de una cordura que le ayudo a tomar control sobre sus pies. Así pasó un rato, corriendo a velocidades increíbles, con susto y excitación, hasta que un tropezón la llevó a caerse en un zanjo. Perdió el conocimiento durante unos minutos. Al despertarse, mareada, vió que las hormigas, imparables, caminaban por sus pechos. Para su sorpresa, algunas la mordían encajando sus mandíbulas, pero ella, no sentía algún dolor. Echó la cabeza hacia atrás, suspiró y exhausta, cerró los ojos y dormitó.
Ya más tranquila y aún faltando horas para el amanecer, salió del hueco de donde estaba y se puso a caminar. No entendía bien el por qué, tan animosamente, había aceptado todos los cambios a los que sin explicación se había sometido. Como de ser un joven estudioso, trabajador, amante de la lectura, se había asumido tan tranquilamente como una anciana monstruosa, con cara de bruja y con las tetas gigantes, que parecía amante de los carnavales y de los buenos sustos.
Con el libro en su mano, resolvió que debía viajar a San José para buscar el por qué de su conversión en la Tulevieja y la posible regresión a su estado original. No le cabía en la cabeza como no había racionalizado la extrañeza de los sucesos, ni de cómo había obviado el buscar respuestas hasta ahora, en que el susto de las hormigas le habían llevado a comprender la bizarra situación. Se había sentido tan maravillosamente desde su transformación, que había olvidado a su familia, sus amigos y su trabajo, aunque se daba cuenta que nunca se había sentido tan feliz ni tan libre en toda su vida.
Pero ahora, emprendido el viaje, las dudas y el miedo le llenaban la cabeza de pensamientos negativos. Mientras más se acercaba a San José, la ira la dominaba cada vez más. Tan solo a pocas horas de haber emprendido el viaje, sus ojos, que brillaban con una tonalidad amarillenta, acumulaban un aire de maldad el cual no era propio de la personalidad que había adoptado. Sus bromas, que habían sido inofensivas hasta el momento, empezaron a tornarse oscuras y peligrosas. Incluso, ella misma se asustaba de la forma en que viciosamente aterrorizaba a sus victimas, utilizando las hormigas que ahora eran su compañía. Dependiendo de su ánimo, las hormigas actuaban con distintas intenciones. Podían simplemente asustar, después de todo, el tamaño de algunas era descomunal. También picaban dejando dolorosas ronchas que sanaban hasta días después. Más ahora, con su nuevo humor, los hombres quienes eran picados, enfermaban de gravedad con calenturas horribles y preocupantes, inexplicables, que los llevaban indudablemente al hospital. Estás reacciones, le hacían temer que en algún momento, mataría a alguien.
Su mente se enviciaba paso a paso. No le había tomado mucho estar cerca de la capital. Apenas un rato de caminar y se encontraba por el cruce de San José a Tres Ríos. Iba de noche, invisible a las luces de los carros que a pesar de las altas horas, no dejaban de pasar. Sentía en su temperamento una furia inexplicable, una ira creciente.
La ligereza que había ganado cuando se transformó por primera vez, la había abandonado para dar cabida a un estrés el cual ganaba terreno. La sonrisa de su rostro había desaparecido para ser remplazada por una terrible mueca. La urgencia, por llegar al bulevar, sitio donde se transformó, le apremiaba. De repente, algo llamó su atención. Un par de jóvenes, que no tendrían más de veinte años, caminaban tambaleantes por una calle paralela a la principal, mientras le gritaban vulgaridades a un grupo de jovencitas, quienes también olían a alcohol.
Con una furia casi histérica, arrebatándola de la ecuanimidad que aún podría quedarle, se dirigió presurosa a donde se llevaba a cabo el conflicto. “Tuli, tuli, tuli” sonaba. Las muchachas, al percibir el peculiar sonido sintieron un escalofrío y sin demora, salieron a la calle principal para tomar un taxi. Tuli, tuli, tuli, escuchaba los jóvenes que sin prestar atención, se acomodaban en la cera para fumarse un cigarro.
Un dulce aroma, el cual encantaba los sentidos, inundó el ambiente. La brisa, que había empezado a jugar entre las ramas de los árboles, emulaba un dulce canto: un apacible arrullo, hipnotizante, tranquilizador. Parecía un mundo paralelo, una irrealidad en que los colores se sentía más vivos, los silencios más profundos y las sombras, las cuales se mostraban más negras, llamaban peligrosamente la atención. Era como vivir un sueño.
Fue bajo la negrura de un almendro que apareció, suave, bella. Su rostro, oculto en la oscuridad, revelaba una risilla juguetona, como de niña boba. Pero su cuerpo, desnudo, se adivinaba ante la débil iluminación. Se silueteaba el cuerpo de una joven hermosa, de grandes senos, de piernas torneadas y sexo desnudo, que sin pena, se tocaba placenteramente mientras era descubierta por unos jóvenes quienes se pusieron de pie sin creer lo que veían. Anonadados por la bella aparición, quedaron inmóviles hasta que la mujer, sensual, los invitó a acercarse con la mano. Empezaron a caminar nerviosa, pero decididamente hacia la chica esperando ver su rostro. Ella, con suavidad, se echó para atrás ocultándose entre las sombras mientras era seguida por los condenados. El corazón de la joven se aceleró, los chicos habían tomados sus senos y con desesperación los besaban. Una mueca maligna nació estrepitosamente en el rostro del espanto: habían caído en la trampa.
Las hormigas, quienes sigilosamente ya habían invadido el cuerpo de los hombres, empezaron a clavar sus mandíbulas envenenadas por el odio del espectro. Aterrados, se alejaron tambaleantes de la mujer. El primero de ellos, el más alto, con pasos inciertos, tropezó y calló al piso para revolcarse del dolor. El segundo, con la cabeza rapada, de consistencia más gruesa, mantuvo el equilibrio, mientras que para su horror, quien hacía unos instantes era una bella mujer, se abalanzaba hacia ellos con una cara demoníaca, de bruja loca, quien le tomó el brazo con una fuerza tan brutal, que un hormigueo insoportable le dominó la mano. La bruja, monstruosa, peló los dientes en una sonrisa maligna, sus ojos, amarillos, brillaban con una nueva intensidad. Deseosa de sangre, la mujer subió su brazo a una altura considerable, exhibiendo unas uñas largas y filosas, listas para arremeter en contra del joven pero cuando estaba lista para zamparle el golpe mortal, calló en cuenta de los sucesos que acontecían, se asustó de ella misma y desapareció repentinamente en la oscuridad.
Sorprendida… sorprendido de sí mismo, no podía entender como se habría convertido en tal criatura, capaz de matar. Estaba tan lleno de odio cuando las hormigas picaron a los parranderos, que temía por sus vidas. Era un hecho que terminarían en el hospital, pero si sobrevivirían… no lo podía adivinar.
Era como si estuviera atrapado dentro de la Tule, como si ya no fuera ella.. pero el cuerpo del monstruo le respondía como siempre.

Había buscado un lugar dentro de la misma capital para esconderse. Un sitio embrujado para que nadie lo encontrara. Una casona antigua, conocida como “La Casa de los Siete Ahorcados”.
Invisible a los ojos de sus dueños, se quedó ahí, pensativo, metido en un closet oscuro, resolviendo en como ser quién fue, llegando a la conclusión de que el mejor lugar para buscar sus respuestas sería en el bulevar donde se gestó la mutación.
Pasaron los días y los habitantes de la casa habían empezado a notar, incómodamente, la presencia del espectro, así que sin muchas ganas, decidió partir. Durante una noche sin luna, salió por la puerta principal seguido por una pesadez en su espíritu que no había sentido antes. Sus tetas, más grandes y cargadas que nunca, le estorbaban tanto que tuvo que echárselas al hombro para poder caminar.
Desde su escondite sólo tenía contacto con los habitantes y alguno que otro fantasma. Todo en esa casa era tranquilo y las personas se llevaban bien. Los perros, ajenos a su presencia, jugaban animosamente con sus dueños que a pesar de los problemas, se notaban cercanos. Sin embargo, y para su sorpresa, esto también le llenaba de rencor . El joven pensaba constantemente en su vida pasada, en su entrega al trabajo y a sus sueños, pero no recordaba compartir amistosamente con nadie. Su vida era el trabajo. Su corazón se negreaba llenándolo de una tristeza impecable.
Asustado por lo que sentía y de lo que una Tulevieja iracunda podría provocar, decidió, que de alguna manera, el monstruo debía desaparecer: la irracionalidad, los pervertidos y viciosos pensamientos que acompañaban la creciente cólera que sentía, eran reprimidos constantemente por un joven asustado, quien temía algún desenlace catastrófico.
Durante los meses en que vivió en Cartago, había sido libre, feliz. Tenía ese deseo de asustar, aprovechándose de su nuevo físico, pero nunca había hecho daño a sus víctimas. Pero ahora, buscando respuestas sobre quien era, se había convertido en algo que no podía dominar. En un monstruo, en un Jekyll esperando a perder el control.
A paso lento, dirigiéndose hacia el bulevar de San José, empezó a atravesar el oscuro y peligroso pero concurrido Barrio Amón. Lleno de vida, sus sombrías calles pobladas de transeúntes, drogadictos, ladrones, carros, prostitutas y travestis, le generaban una especie de repugnancia.
Dominando el hilillo de furia que le subía a la cabeza y que parecía querer nublarle la razón, el joven, ansioso, maligno, se detuvo entre las sombras; atento, acechante, observando con furia las caras de la ciudad, decidiendo su siguiente paso.
Las hormigas, inquietas, caminaban sobre su cuerpo alimentándose de la dulce leche que incesante brotaba de sus enormes senos. Las escuetas picaduras que le propinaban no le causaban daño alguno pero le generaban algún estrés, mas su atención, lejana a su cuerpo, estaba en los rostros despreocupados de la gente. Se perdía en aquellos rostros relajados, algunos felices, libres, provocándole un recelo, una envidia que no entendía.
Los sentimientos de maldad, ira, codicia y resentimiento lo sacudían en catárticas convulsiones de odio: sentía como La Tulevieja lo iba dominando, entonces pasó: un automóvil conducido por una mujer con dos niñas felices, espabiladas, en traje de fiesta, paraban en un semáforo. La madre, de rostro alegre, aprovechaba para volverse sobre el asiento y sonreírles a sus hijas mientras que cariñosamente les acomodaba el cabello.
No podía entender como la Tulevieja, que si bien solía asustar, se convertía en un personaje tan aterrador quien deseaba, casi sin control, saltar sobre ese automóvil para acabar con la felicidad de esa familia.
En el pasado, como una viejecilla traviesa, se había dedicado a asustar inofensivamente a borrachos y calenturientos, pero nunca había deseado dañar a nadie, menos a una familia feliz. Se preguntaba, con los últimos rasgos de razón los cuales usaba para controlar el asesino instinto que lo asediaba, los motivos por los cuales, entre tanta perdición, con las calles llenas de personajes más obvios para ser asediados por el monstruo, se había empezado a obsesionar con esa joven familia.
Su mirada, iluminada por un brillo mortal, devoraba instintivamente los rostros de aquella familia, que insospechada del peligro, esperaban tranquilamente el cambio de luz. Su rostro, desfigurado, sediento, sus músculos, tensos, listos para el ataque; sus patas, fuertes, ágilmente se doblaban preparándose para saltar… cuando de pronto lo entendió.
Nunca fue la anciana, nunca fue el monstruo, fue él. Siempre él. Él, quien dedicó toda su vida a los estudios, quien abandonó todo por su trabajo. Él, quien se alejó del contacto humano, quien se había sumido en la más constante de las rutinas. Quien solo leía, que conocía el mundo a través de una pantalla. Era él, quien no se detenía a oler las flores ni a contemplar lo atardeceres. Cuando bajó a San José, no era la ciudad lo que lo convertía en un monstruo, era su odio a ser quien era, a sentirse atrapado una vez más luego de ser libre. No era La Tulevieja quién era peligrosa, era él con su insospechado miedo a dejar de ser libre.
Lo había comprendido, convertirse en la Tule nunca fue una aberración, siempre fue un milagro, el milagro de ser libre, de vivir la vida, de alejarse de las cosas que sin saberlo, odiaba. De repente, sus tetas eran más ligeras y sus músculos se habían relajado. El aterrador gesto de su cara, había sido sustituido una vez por la carilla de vieja loca, feliz e inofensiva que tuvo durante tantos meses. Darse cuenta de tales verdades le devolvía una paz que nunca, incluso siendo la Tule, había tenido y ahora, sin más, tendría la opción de ser quien era.

***
La brisa le refrescaba la cara. El viento, queriéndole arrebatar su sombrero, era frustrado por las nudosas manos de la anciana que sujetaban cariñosamente su prenda. Debajo del brazo, conservaba el libro aquel que había llevado desde el primer día.
La Sabana era un sitio solitario, “bueno para pensar” se decía. Había pasado la última hora asustando a cuanto malintencionado se aventurara al lugar. Su rostro, que era iluminado por una cálida sonrisa, buscaba los primeros rayos del sol, esperando un pronto amanecer.
Cuando los primeros rayos tocaron su rostro, entrecerró los ojillos, su sonrisa se ensanchó y su pecho vibró con el ritmo de su corazón. Nunca llegó al bulevar pero en realidad ya no necesitaba respuestas, todo estaba bien como lo estaba viviendo.
Unas horas más tarde, un joven pasó presuroso por el mismo lugar en donde unas horas antes estuviese el espanto, en donde para su sorpresa, en perfecto estado, encontró un libro titulado “La Tulevieja”, el cual tomó, y empezó a leer mientras presuroso, emprendía el viaje.

jueves 28 de agosto de 2008

jueves 14 de agosto de 2008

Cuento: La visita por José Pablo Román

Las primeras noches se asustó. No sabía de donde venían aquellos pasillos que corrían por toda la casa. Se levantó asustada, buscó un palo de escoba y exploró su hasta ahora tranquilo y solitario hogar. Su gato, blanco, la miraba inquisitivamente, a la expectativa. Paso a paso fue perdiendo el miedo hasta cerciorarse que aquel apartamento de Aranjuéz estuviera tan sólo habitado por ella y su gato.

Ella no tenía más familia que su peluda mascota. No tenía amigos, al menos no cercanos. Se llevaba bien con la gente, pero no había nadie a quien recurrir si habían problemas. Por eso se levantó, para proteger su hogar, por suerte, no había nada.

Al día siguiente, mientras desayunaba, los volvió a escuchar. Esos torpes pasillos de pies invisibles que corrían sobre el cálido piso de madera. Especuló que eran ladrones, pero también pensó en duendes y hasta en fantasmas. Tomó su estampita del Divino Niño y empezó a orar.

Se fue al trabajo sintiéndose encomendada, mas al volver, los pasitos seguían ahí. Además encontró paquetes de galletas sobre el piso. Su fantasma era glotón. Con los días la situación se agravó: le jalaban los bigotes al gato y a ella le desordenaban la ropa. No era su imaginación. Algo o alguien estaba ahí con ella. No le contó a nadie, ¿quién le iba a creer?

Con el tiempo su fantasmita seguía por allí. Ella seguía encomendándose piadosamente al Divino Niño pero las manifestaciones eran cada vez más obvias: huellitas de talco sobre el piso, adornos movidos, toda clase de objetos que aparecían y desaparecían, incluso si ponía atención podía escuchar risas: así supo que se trababa de un niño.

Al pasar las semanas la situación era cada vez más común. Los incidentes, que no pasaban de ser inofensivos, ahora eran parte de su normalidad. Escuchaba sin temor aquellos insistentes pasos que corrían torpes por el piso de su apartamento. Ya no estaba sola, por momentos se asumía hermana mayor y hasta madre. Sentir la alegría en aquellos pasitos juguetones le hacía bien, le avivaban el corazón. La compañía de su fantasma le hacia desear más. El gato, quien también se había acostumbrado y que aún era victima de pequeñas bromas, no sentía hostilidad ante el nuevo miembro.

La joven, cercana a los treinta, empezó a levantarse cada día menos cansada. Tenía más energía y su humor mejoraba. Hacía sus labores con mayor paciencia y tranquilidad. Apreciaba más sus logros y se regocijaba con los pequeños detalles: el cantar de los pájaros, la brisa que le enfriaba la cara, la sonrisa en el rostro de la gente… Sentía que aprovechaba mejor el día y aunque siempre había sido una persona amable, su trato con las personas empezó a mejorar. Sentía paz y tranquilidad. Aquellos insistentes pasos, que ahora se escuchaban menos tímidos le hacían bien. Se escuchaban con mayor regularidad cuando ella oraba.

Pasaron los meses y los pasos no se fueron, pero no le importó. Un día, al llegar del trabajo, encontró sobre la mesa un ramito de flores recién cortadas que despedían un delicioso aroma. Esa noche, como todas, oró y se acostó. Sentía mucho sueño y empezaba a quedarse dormida cuando los pasillos se hicieron presentes. Sin poder moverse por el cansancio, sintió como el dueño de los pasos se subía incierto a la cama. Sentía su caminar en los movimientos del colchón, un pie a la vez. Tenía los ojos cerrados mas sentía como el pequeño y familiar intruso se subía en su pecho, emitiendo un dulce calor y un agradable aroma. La presión que sentía, revelaba a alguien pequeño que por aquella noche buscaba calor. Primero, ante la imposibilidad de moverse por el cansancio se asustó, pero al momento perdió el miedo y le dio la bienvenida al pequeño niño que dormía acomodado en su pecho.

Al día siguiente no había nadie con ella. El incidente de la noche anterior no le alteró. Empezaba a entender lo que ocurría en su casa. Esa noche los pasitos volvieron y se acurrucaron con ella y así noche tras noche. El niño acurrucado en su pecho y el gato a sus pies.

Una tarde de sábado oraba como siempre a su patrón cuando de improviso, los pasitos se hicieron notar. Ella se detuvo. Desde detrás del sillón, una carita morena, regordeta, de cachetes rojizos y rizos largos se asomaba tímida pero sonriente. Los ojos de ambos se cruzaron, se iluminaron. Un sonrisa se dibujó en el rostro de ella. Resultó ser un niño que se escapaba, sin que nadie supiera, solo para verla a ella. Un niño, divino, pero niño al fin, que, a pesar de divino, jugaba, bromeaba, sentía y se antojaba. De pronto ella se dio cuenta lo sola que se había sentido hasta ahora que el niño la había acompañado desde hace algunos meses. Sin siquiera proponérselo su vida había cambiado. Era más amable, amaba lo que hacía, se llevaba bien con los demás y desde hace unas semanas atrás había conocido a alguien.

El pequeño niño se acercó levantando los brazos, ella lo alzó abrazándolo con dulzura. El calor que sentía era el mismo que percibía cada noche cuando el pequeño se le acurrucaba. Al entrecerrar los ojos pudo ver una aureola de luz que coronaba a la criatura. Lleno de dicha su corazón latió rápidamente. El niño se bajó de sus brazos y desapareció detrás del sillón.

El pequeño no volvió a aparecer pero ella no lo sintió ausente. Ella oraba con el mismo fervor de siempre, ahora acompañada por el joven que había conocido. No lo sabía, pero en un par de años ella tendría su propio bebé. Lo amaría y serían una familia. Crearía lazos de amistad con las personas que la rodeaban y sería muy feliz. Lo que sí sabía es que la visita de aquel niño significaba algo y que su vida había cambiado: ella nunca estaría sola, no realmente.

miércoles 13 de agosto de 2008

Algunas Imágenes Enmarcadas

Muestras de algunas de mis obras enmarcadas. Gracias a Nela Salgado por el excelente enmarcado realizado en su marquetería.


sábado 19 de julio de 2008

jueves 17 de julio de 2008

Acuarela

Dibujos


El Gigante Egoista. Soporte de impresión: 17x17cm aprox.

Dos Grabados al taco de pequeño formato que ilustran el cuento de Oscar Wilde, El Gigante Egoísta. El costo de la pareja de grabados es de 20 mil colones juntos y 12500 individuales.

miércoles 16 de julio de 2008

Llorona en calma se suelta en lágrimas. 3 imágenes de 8,5x8,5" C/U

Tres imágenes pertenecientes a la leyenda de La Llorona creada a base de grabado digital e intervención manual. Una mujer quien se encuentra en calma y pierde el control tras un desacierto del destino.

martes 15 de julio de 2008

Monotípia, Sin título. 23x17cms

Una bella monotípia xilográfica en gamas de café, que reflejan la tranquilidad de un momento de satisfacción personal. Con trazos sueltos e intervenido con lápiz de color,tinta china y acuarela, e impreso con tintas litográficas, el costo de ésta obra es de 70$.

lunes 7 de julio de 2008

Monotipias




Estas monotipias, fueron hechas pensando en explorar un sentimiento. Esta colección fue realizada en una sola sesión en donde se imprimió una obra sobre pliegos de papel enteros y fragmentados. Los fragmentos de papel en conjunto componen una obra la cual narra parte de un momento.

martes 17 de junio de 2008

Grabado-Dibujo




Una serie de Grabados intervenidos posteriormente con diversos materiales.

domingo 15 de junio de 2008

Grabado en Metal


El grabado es el resultado de una técnica de impresión que consiste en transferir una imagen dibujada con instrumentos punzantes, cortantes o mediante procesos químicos en una superficie rígida llamada "matriz" con la finalidad de alojar tinta en las incisiones, que después se transfiere por presión a otra superficie como papel o tela.

La matriz suele ser de metal, empleándose generalmente planchas de cobre o aluminio pero también se usan otros materiales como madera, piedra o incluso placas acrílicas, y en ella se realiza el dibujo por medio de líneas generalmente, excavadas en la superficie de la plancha. Existen varias técnicas para grabar el dibujo.

La palabra "grabar" es de etimología alemana "graben" significa cavar. Entró en el castellano por medio del termino francés "graver". El significado de grabar es trazar en una materia, marcas, letras o signos con una pieza incisiva como el buril.